Murgas

Gente que siempre está a punto de caer.

Gente que cuando se cae se vuelve a levantar

fragilidad que espeja un pueblo acostumbrado a tropezar.

Murgas que se van bailando,

y así encaran el amanecer.

Los corsos van de barrio en barrio para su historia relatar

Anoche se habló del Pocho Lepratti, y una bicicleta que no para de rodar

De Cromagnon, del 20 de diciembre y de los que esperan ver a su gente regresar

Los diarios no hablan sobre ellos, los prefieren ningunear

Algunos no entienden

Otros prefieren controlar lo que se debe escuchar

Los murgueros se mueven guiados un mismo ritmo,

que seduce e invita

Aunque uniformados como grupo de iguales

Cada uno carga sus propios escudos personales cosidos a su levita

Coordinación e individualidad,

cara y seca de la murguita

Los hijos de murgueros moviéndose al compás de sus padres

Tejiendo una red invisible que nadie puede ni podrá cortar

El público mezclado en espumosa guerra justa,

que los acerca y nivela, que los venda y los lava.

Que deja en evidencia que sólo el contexto los separa

Que esos marcos son subjetivos, y que con su mente construyen y derrumban

El carnaval es arma y armisticio

Caos y reconfiguración

Intercambio y liberación

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circle line

Nos Miramos a los ojos mientras repartimos los cuchillos. Cada cual ha estado en esta situación tantas otras veces que entendemos que no hace falta bajar la mirada para elegir.

Luego caminamos los diez pasos.  Tiemblan los remaches de mis cicatrices con cada uno de ellos. Siento el peso en cada mano.  Aprieto los dedos. Como para volver acá comparo el peso con un leve movimiento de muñeca.

Me atraviesa un río de aguas conocidas. Mi nariz huele el metal y se me hunde el ceño . Mi cuerpo burbujea los primeros indicios de hervor. Parpadeo para asegurarme de que estoy donde mis ojos me dicen que estoy. Es inútil, no me miento. Todo mi cuerpo me está gruñendo que corra unos diez o 10 mil pasos más. Que me vaya de este duelo imbécil. Que me salga del río.

Me freno

para darme vuelta.

(O darme un momento antes de huir?)

quieto. un cuchillo en cada mano. Mis oídos nada me dicen de vos. Busco algún signo en el agua. Algo. Alguna ola extraña. Nada.

Suelto los cuchillos. Que se los llevé el agua.

Y que mi pecho y me espalda carguen las cicatrices que hagan falta.

 

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El Viento

Once the myth has been told

The lens deforms it as lightning

Sufjan Stevens

Durante 93 años en Argentina existió el servicio militar obligatorio. Conscripción. Se terminó en el 94. Todos los que fueron volvieron llenos de historias, y mucho más recios. Mis tíos, los hermanos de mamá,  zafaron de la colimba  porque conocían a alguien. Tato manejo el auto de un general  y Jorgito hizo el entrenamiento en Puerto Belgrano, pero cuando estaba por subirse a la Fragata y recorrer el mundo como un hombre se encontró con un amigo de su papá que en una revisión médica lo mandó de vuelta a su casa por tener pie plano. José, el hermano de papá, se casó para evitarlo.

No sé cómo era la asignación. Supongo que a todos los que les tocaba en un lugar tenían números de DNI similares,  se los agrupaba y mandaba en Hércules o en tren porque entonces los trenes funcionaban. Imaginemos  un edificio desproporcionado y militar, un quinto piso donde dos secretarias armaban legajos para mandar cartas a los reclutas, bajo un tubo de luz blanca que hace ruido. Papá no zafo porque tenía un sentido del deber impuesto por los jesuitas. Mike Hall es hijo y nieto de ingleses, que son casi como los jesuitas solo que sin la culpa.

Papá aprendió a andar a caballo,  y también  a esquiar bajo la consigna “El que se cae es puto”. Se cagó de frío. Entendió la desigualdad el día que encontró un compañero de cuadrilla afeitandose con un vidrio. A Miguel, mi papá, no le gustaba hablar de eso. No le molestaba el sistema castrense pero si le molestaba que los superiores no fueran cultos o instruidos. “El problema de los milicos, Celita, es que no saben controlarse.”

Una mañana de mayo de 2015, me escapé de clase de management  para ir a darle un beso a mi papá que estaba enfermo y recluido. No me llamó la atención la bicicleta desmontable en medio del living de mi casa abajo del cuadro de Manina, mi bisabuela, .

Quizás la memoria le ponga tintas de película a esta situación porque es linda. Mike Hall era el amigo de la colimba de mi papá. Se deben haber visto 12 veces desde que terminó el servicio militar pero cuando Mike se enteró que mi papá se moría vino a visitarlo una vez por semana. Venía desde Olivos en su bicicleta desmontable y visitaba a su amigo moribundo. Mike tiene ojos claros y el pelo lacio, largo y blanco.

Yo lo conocí esa vez, cuando entre a mi casa una mañana de mayo y este señor se paró a saludarme. Papá estaba risueño en su sillón de rayas azules. Ya estaba flaco, murió pesando 47 kilos. Tenía puestos unos chupines que le compramos en Zara, que le quedaban grandes ya y un chaleco beige.  Me inventé una excusa, no me animé a decirle enfrente de su amigo que solo venía a darle un beso. Los señores son orgullosos, y más cuando hay otros enfrente. Ahí mismo me entere que existia y que lo visitaba seguido.

Sobre el entierro de papá también me queda una perspectiva casi filmica, como si esto que me sucede lo veo.  Todavía veo el espectáculo de mi tristeza. Mucha gente me mira de lejos hasta los que no te conocen se acercan y se presentan. Me puse anteojos.Ese día es terrible y soleado. Pero sé que lo ví, todos me miraban sin saludarme todavía, el cortejo no se anima a saludar a los deudos.  Había mucha gente, y yo me moví a hacia un tipo que nadie conocía y yo misma había visto una vez. Le di un abrazo fuerte y callada. Lo hice mecánicamente, creo que fue lo único bueno que hice ese día.

Un tipo que me gusta mucho se llama Harold Bloom. Harold tiene 85 enseña teoría narrativa en Yale, es judío y vive en Nueva York.  Harold dice que nosotros somos capaces de  sentir porque Shakespeare lo dijo primero. La invención de lo humano: celos, angustia, ambición, amor, lujuria y culpa. El nombrar emociones les da entidad, y es por eso que las entendemos.

Desde que leí eso, pienso que por ejemplo la primera vez que le damos un beso a alguien lo hacemos pensando con perspectiva filmica, y nos sentimos como pensamos deberíamos. Bloom no aceptaría este adendo, diría que cualquier cosa que no es Cormac Mccarthy es basura, odia a Dylan y todo lo que no es alta cultura. Tiene 85 años, por supuesto que es reaccionario ante el mainstream. Pero quizás, yo sentí que debía saludar a Mike copiando un comportamiento. Una prolongación de una amistad cordillerana.

Sabrían del otro lo  que dos años en la mitad de San Martín de los Andes les hubieran enseñado. Dos suboficiales de caballería. En ese clima atroz, quizás construyeron una isla. Yo creo que tus amigos son esas personas a las que más verdades les podes decir. Durante 93 años la Argentina llevó a sus chicos a situaciones extremas, con climas duros, y monitoreados por hombres arbitrarios. Miguel que había ido pupilo al colegio y Mike que también, conocían la disciplina y estar fuera del hogar. Creo que les faltaría eso que rellena la vida.

Creo que de esas cosas hablaban esas mañanas que Mike lo visitaba en bicicleta desmontable y Miguel no podía caminar los 20 metros que lo llevarían a despedirlo a la puerta. Cuando la realidad desnuda, se hizo indecible Mike visitaba a mi papá. Entonces los imagino con el viento que pega sobre galpones de chapa del destacamento donde el ejército argentino “guardaba a sus reclutas”, los imagino con 20 años hablando de una cucheta a otra. Riendo y encontrando el mismo idioma compartido. Para repetir la situación, ya con canas e hijos encima. Porque cuando el viento sopla como en la cordillera mejor estar hablando de otras cosas.

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La página 94

Le gusta Brahms, y sin darse cuenta termina una vez por semana en el Metropolitan Opera. Es una  figurita del álbum corporativo. Va a comidas del Manhatan Chase Bank, da conferencias para el Julius Baer y esta en todas las galas benéficas. Es el opuesto a una it girl, pero está de moda.

Tiene una voz reverberada y un acento alemán que lo acompaña hace nueve décadas.

A la mañana desayuna granola con yogurt griego y frutas del trópico, es importante hacer esto en un octavo piso con vista al Central Park, es señal de que algo salió irremediablemente bien. Todo es importado, y comprado por una empleada también importada en un mercado de otro inmigrante dos calles atrás. No es uno de esos halcones xenofóbicos.  Rosa es costarricense, él es alemán, el señor Hamal es turco pero todos viven en Nueva York.

Todas las mañanas lee el Dei Spiegel y luego el New York Times. Luego al llegar a la oficina leerá el abultado correo, no lo deja para su secretaria ya que disfruta el mágico sonido que hace el abrecartas con el papel.

Su chofer lo espera en la vereda. No se pierde un día en la oficina por que se siente agobiado por la vida doméstica. Nancy, su mujer,  es feliz de verlo partir. Se vuelve un poco irritable después de las 9 y más aún si el mercado asiático cayó más de tres puntos. Él tiene acciones mirando al oeste, su tranquilidad se basa en que el mercado asiático no haga acrobacias.

Su nombre, casi una provocación, es sinónimo de ambigüedad. Desmenuzar el tema parecería un intento de justificación.

-“Kissinger, dos eses”

Contesta a la encargada de seguridad del edificio porque esa mañana el dispositivo electrónico que permite que todo funcione se ha quemado. La empleada no parece inmutarse: dejó pasar a Ben Bernanke y Hank Paulson. Ella vive en Bronx, pero se codea con los 400 de Nueva York.

Lo suyo siempre fue realpolitik de manual. Dedica sus libros a personajes estrambóticos, le hace gracia. Puede dedicarle un libro a Oscar de la Renta o las Spice Girls en su conjunto.

Su supervivencia es sorprendente. Logró huir de Alemania a los 15 años, peleó en la Segunda Guerra Mundial para Estados Unidos. Hasta acá es de los buenos, es un freedom fighter.

La opinión pública lo detesta. La academia lo adora con devoción. Es una persona a la que no se le permite ambigüedad. O todo está justificado o nada lo está. Once millones de resultados arroja Google. Hay un sinfín teorías conspirativas, notas de color y reseñas de libros. Tiene un doctorado Summa Cum Laude en Harvard, Premio Nobel de la Paz, varias acusaciones por Crímenes de Guerra y Genocidios.

Pero a las 11 de la mañana de los miércoles, Henry vuelve a ser Heinz, el de Baviera hace 80 años. No tiene nostalgia por el pasado. Una pelirroja graduada de Harvard trae una bandeja con la nueva edición de The Economist y  un café con una porción de Apfelstrudel. Inmediatamente, abre la página 94: el obituario. Comienza cada edición del seminario alegrándose que este miércoles, la pagina 94 no dice Henry Kissinger.

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Sobre los pequeños milagros inútiles

Me gustan esos pequeños milagros inútiles. Esas pequeñas coincidencias insignificantes. Me hacen reir a carcajadas. Como ir caminando por la calle y que los retazos de conversaciones de la gente que va pasando queden hiladas en un guión extraño pero no imposible. O que las capas de afiches que se fueron acumulando en las paredes formen un collage que parece intencional.

Los grandes milagros te dejan sentado de culo en la ducha, atormentado, sin poder parpadear bajo el agua que cae. Al final uno hubiese preferido que la vida continuara sin haberlos presenciado.

En cambio los pequeños e insignificantes uno los riega con alegría. Y tengo el presentimiento de que en ese instante uno está en completa sincronía con el mundo alrededor, y si uno está atento, suceden cosas extraordinarias.

Es como si se abriera un portal. Uno debería estar muy atento, pues la vida puede dar un vuelco. Y en ese momento, puede que el pequeño milagro inútil deje de ser inútil.

Recuerdo hace unos años volvía de hacer trámites laborales en el Colegio de Abogados y de frente venía un hombre realmente obeso cuya panza se bamboleaba en perfecta sincronía con el bajo del funk que retumbaba en mis auriculares. Yo no pude evitar una sonrisa ante la magia del momento, y cuando nos cruzamos incliné la cabeza en una reverencia cortés, a modo de saludo, y quizá sugiriendo algún tipo complicidad, ya que era el personaje principal del pequeño milagro inútil.

A los pocos segundos siento que me tocan el hombro. Era el mismo buen señor que me preguntaba si andaba buscando trabajo. Le contesté que no, que estaba empleado, pero como venía sumergido en mi momento milagro, y me pareció una pregunta extraña, le pregunté cuál era la oferta….Y sí, en esos momentos de sincronía suceden cosas: el señor me hizo una propuesta “laboral” sumamente indecente. Le sonreí, agradecí, aclaré que me consideraba halagado pero aquello no ero lo mío,  y seguí mi camino.

A veces el portal que se abre te ofrece regalos random. No es como en esos libros de autoayuda que sugieren que uno le pide al universo, y este responde: Uno no controla su suerte.

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cazando calecitas

Hay mensajes que se deberían escribir a máquina
Hay veces que quiero decir muchas cosas, pero no sé en qué orden, ni estoy seguro de querer que las leas todas.

Hay veces que quisiera poder amontonar las palabras una arriba de la otra,

al menos como para sacarlas de la calesita de pensamientos que se vuelve mi cabeza

cuando me devuelven mi parte del corazón sin su respectiva cajita de hielo,

y no me queda otra que cargarlo viscoso entre mis manos por la ciudad ante la mirada extrañada de la gente.

Supongo que mi plan sería algo así como derretir la calesita de pensamientos y mandártela por correo…seguramente no la puedas descifrar y tuerzas la cabeza como un perro confundido,

pero al menos sentiré que hice algo con ella…y no tendré que seguir escuchando su musiquita…

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Creatures

Even the most beautiful world I have created -and happily plunged into- eventually became a lonely one when for too long no one else was there to look through it with me.

The challenge faced by lovers, artists and politicians alike is not around the direct technicalities of the worlds they propose, but its capacity to daily persuade other people that it´s a more worthy world than those offered through megaphones by the state, media and…competing lovers, I guess.

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