Todos los días el tren se cobra dos horas magníficas: aquella donde me despabilo y la del tedio, cuando el día terminado se rinde ante mis pies…
A la mañana cuando el mundo es menos mundo, el trajín cotidiano parece estar lejos y a veces sospecho que todo podría haber empezado recién. Por la tarde el tren se cobra mis horas de tedio, cuando vuelvo a casa cargando los problemas del trabajo para encontrarme con aquellos que hayan surgido durante mi ausencia. Estos problemas, los hogareños varían dependiendo la estación pero tienen la mala costumbre de abundar cuando el invierno se aproxima.
La tarde del 25 de Abril, me detuve para comprar un turrón de maní en uno de los kioscos que hay en la plataforma del andén. Tenía hambre y eran las 7 de la tarde, a nadie le interesa este razonamiento mas debo contar con exactitud todo lo que sucedió para determinar que fue lo que acaso vi.
De pronto, apareció el tren. No venía tan lleno como de costumbre, quizás había piquetes o algo por ese estilo en el centro…
No había arrancado cuando me transporte a un pensamiento de mi infancia, uno de aquellos recurrentes en aquella época. Lo tome como a un viejo amigo que viene de visita. . Fue en la época en la que vivía en Cañuelas, recuerdo haber pensado que Dios hacia reproducciones exactas de nosotros y las ponía en diferentes países. Pero nos comportábamos de igual manera, hacíamos los mismos movimientos y pensábamos lo mismo. Por ese entonces yo consideraba que yo, Paula tenía un dopplegaenger (claro esta que después de años, descubrí en la revista Sur y por culpa de un tal Jorge Luís que este era el nombre que se le daba a esta idea) en Berna, Londres o Kualalumpur. Teníamos por aquella época un diccionario Kapelusz, que se parecía más a una enciclopedia y gracias a él entendía un tanto de geografía. Me fascinaba aquél concepto, de las diferentes Paulas: moviéndose con el mismo ritmo quizás diferente por husos horarios. Pero con mismas ideas y motivaciones.
En estas memorias andaba cuando frenamos en Olivos, se sentó a mi lado una señora mayor. Comenzó a comentarme del calor que había dejado de hacer y que era una barbaridad que comenzará el frío tan temprano, que ya nadie pensaba en ella y el frío. Me pregunte a quien considerará ella responsable pero no me anime a cuestionarla, ya que cuando se trata de ancianos me vuelvo intrínsecamente tolerante. Una estación más tarde se bajo, y cuando intenté recordar aquél tema tan inminente en el cual había estado inmersa no pude.
Pensé en el otoño, en todo lo que acarrea. En su explosión de colores, el frío que afecta a muchos y el inició de los ritos. Podría detenerme a buscar alguna hoja para los trabajos de los chicos que por esta época siempre son los mismos. Esperaba que a ninguno le tocara ser Cornelio Saavedra o San Martín ya que tales roles impactaban en mi bolsillo de forma dañina. Perdida en esto estaba cuando inexplicablemente mire por la ventana hacia otro tren que se hallaba detenido en la estación. Había una chica absorta en un libro, me detuve. Mire devuelta; leía “Bajo las lilas”, un libro de mi niñez que había erradicado completamente de mi memoria. La mire, era igual a mí. Quizás pelo menos oscuro, peor igual misma cara mismos ojos…
Por suerte el tren arranco, ahí recordé mi pensamiento previo. Al bajarme en Tigre continuaba asombrada de la capacidad del subconsciente; o no.
Al llegar a casa me asaltaron los problemas de siempre el calefactor como todos los inviernos no tenía intenciones de funcionar y los chicos habían estado peleándose toda la tarde, y para colmo José era Cornelio Saavedra para el acto del 25 de Mayo.
Llame a Pocho, que es quién hace las changas y me prometió venir. Reté a los chicos. Pensé en como haría aquél disfraz, claro esta que a nadie le importaba que fuera parecido al de Miguel de Belgrano, o eso esperaba yo. Cociné y acosté a los chicos, inspeccione la biblioteca infantil (trasladada íntegramente de Cañuelas, y allí estaba “Bajo las lilas”).
Me fui a dormir silenciosamente, con la sospecha de que irme a dormir era lo que menos quería. Es una paradoja porque quería tiempo para mí, pero por sobre todo quería dormir. Aquello sería necesario una vez que lograra estar tranquila mas nunca podría hacerlo estando cansada…
A la mañana siguiente cuando levante a los chicos, distraídamente volqué la leche. Martirizándome como siempre pensé que podrían haber hecho algo ellos. Son grandes pero quizás no tanto. Los deje en el colegio y seguí hacia el tren. Sinceramente me molesta que mis hijos dependan de mí, pero quizás los hago depender de manera que nunca me abandonen.
Me senté, extrañada de la soledad del vagón en hora pico. Busque mi agenda en mi bolso, no estaba allí. Solamente mi viejo “Bajo las lilas”, me reí sola porque no supe que otra cosa hacer hacer. Leí y al llegar a Beccar mire hacia el otro lado, estaba la misma chica esperándome desde el tren que estaba detenido en las vías contrarias.
TREN.
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